Chet Baker segĂșn Bruce Weber
Qué misteriosa ecuación establece la tiranía de los genios y el sometimiento de las almas mortales y amorosas. Chet Baker. El simple hecho de escribir su nombre da un lustre especial a la escritura. Un sonido dulce, suave y persistente como el de sus melodías. Su voz y su trompeta tenían la misma cualidad, capaces de suspenderte en un tiempo eterno, con un solo corte, limpio y preciso, indoloro, al menos mientras suena.
“Dicen que a Chet le gusta estar siempre a un palmo del suelo, ¿es cierto?”, le preguntan unos chavales a un Chet maduro y castigado en "Let's get lost", el documental de Bruce Weber que se ha estrenado en los cines españoles con 20 años de retraso. Y Chet sonríe, espontáneamente enigmático y lejano, desde un lugar al que sólo unos pocos, como dice Weber pueden llegar, y que el resto tratamos a duras de penas de imaginar para poder comprender a qué distancia exacta están la gloria y la autodestrucción.
Para empezar, como en cualquier artista, será preciso un ego de un tamaño considerable y un deseo infinito, tal vez necesidad, de alimentarlo emprendiendo los viajes más salvajes y peligrosos. Al fin y al cabo, la exploración de los límites en el arte suele ser el camino que conduce a la belleza, y no debe de ser fácil para el artista aparcar y circunscribir ese ánimo explorador a un solo ámbito de su vida. Lo extraño es que, lo que en el arte es sublime, en el territorio de las relaciones humanas se convierta en una fuerza devastadora que no se detiene ante nadie: ni padres, ni esposas, ni amantes, ni hijos, y ni siquiera el propio ego. Eso sí, te destroza con la mayor de las delicadezas. Y todo para finalmente emocionarse montando en los coches de choque.
Dice Weber que lo mejor de Baker era su inocencia, y que incluso al final de su vida, cuando se rodó el documental, transmitía belleza detrás de esa fachada semiderruida.
"Es lo que él cantaba en Love and fascination. Chet provocaba puro romanticismo, pura dulzura, y luego desilusión".