Equilibrismos
Mirar hacia dentro.
Porque es fácil perder la brújula y dejarse bambolear al ritmo que imponen obligaciones, autoimposiciones, historias de otros, hallazgos de otros, saltar de un cuento a otro como piedras sobre el río sin mojarse ni una gota.
Mirar hacia fuera.
Tu propia historia, tu eterna historia, tus mismos conflictos y tus mismas ilusiones masculladas una y otra vez, como un chicle que se hace más y más grande en tu boca y el sabor te satura y pasas por delante de otros y no ves, enredado en tu drama sobredimensionado y sin desenlace.
Intentar caminar sobre el cable.
Afuera hoy hubo una obra llamada Glengarry Glenn Ross que habla de la feroz mediocridad de los hombres y del ruido de las palabras atropelladas que no conducen a nada. Basta con que nos pongan al borde del precipicio y nos den algunas armas. Sabremos cómo usarlas, sin complejos y sin culpa, cualquier cosa con tal de ponernos a salvo, o en el primer puesto de la pizarra. Luego hay grados de avaricia y millones de circunstancias personales, pero básicamente se trata de que, en una situación límite, todos somos salvajes, desde que el drama es drama.
Es llamativo que el mismo David Mamet que escribió esta obra sobre la crueldad del capitalismo hace un par de años escandalizara al mundo del artisteo anunciando y explicando su giro conservador en una carta publicada en el Village Voice. Valiente, desde luego. Mayor, quizá, también.
Dentro.
Paranoias varias frente al vértigo del cambio. Ciudades, personas queridas, circunstancias, códigos. Todo cambia en muy poco tiempo. El deseo y la imposibilidad de perpetuar la armonía, lucha desproporcionada y ciega contra gigantes.
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